Fenomenología del Espíritu: la conciencia desventurada o infeliz

 Hegel_colorLa dialéctica sobre la conciencia desventurada, uno de las figuras más relevantes de la Fenomenología del Espíritu de Hegel,  tiene a nuestro juicio dos grandes precedentes en la obra de este autor que la iluminan: los escritos de juventud, sobre la “positividad” de la religión cristiana. Y Aristóteles, que en términos generales es la clave secreta de todo el pensamiento de Hegel. Empecemos por éste último.

Si nos vamos al Cap. X del Libro X de la Metafísica, Aristóteles nos da el fundamento de la “desventura” de la conciencia cuando ésta se escinde a sí misma, ni más ni menos que en base a dos contrarios no-accidentales, es decir, a dos contrarios que son esenciales (pues ninguna sustancia puede ser dos esencias). En este texto, Aristóteles estudia los contrarios “corruptible” e “incorruptible”, que traducidos al pensamiento cristiano vienen a ser lo mismo que lo “mutable” e “inmutable” de la figura de la conciencia desventurada. En síntesis, Aristóteles se limita a advertir esto: para los pitagóricos (doctrina que Aristóteles hace suya: Libro V cap. X) los opuestos se dividían en dos especies: contradictorios y contrario. Mientras que los contradictorios co-existen excluyéndose el uno al otro, sin posibilidad de unificarse, por su parte, los contrarios sí se puede unificar pero por mediación del “tiempo”. Es decir, los “contrarios” son aquella especie de opuestos que se suceden en el tiempo, por ejemplo, la infancia y la vejez, noche y día etc. Debe recordarse que la sustancia es lo que, siendo determinado, permanece en el tiempo unificando los contrarios: ni tiene ni es ella misma un contrario.

Ahora bien, Aristóteles topa con una aporía para el entendimiento clasificador: los contrarios “mutable” e “inmutable” no pueden sucederse en el tiempo. El motivo es que se tratan de predicados que no son accidentales sino esenciales, los cuales son por ello “recíprocos” a la sustancia (sino son la sustancia misma). O dicho con otras palabras: la mutabilidad y la inmutabilidad no son re-conciliables en el tiempo, por lo que deben pertenecer a sustancias distintas. Y he aquí el problema de fondo, el fundamento aristotélico, de la figura de la conciencia desventura o infeliz. En efecto, cuando la Conciencia se escinde entre dos “esencialidades” (mundo mutable e inmutable), está elevando esta aporía a su vida, y como tal aporía es imposible de salvar, se “desventura”: su vida es una experiencia de la irrenconcialización de dos contratadictorios, lo cual es falso porque la Conciencia ella misma es ambos mundos (mutable e inmutable, que hipostasía como un más allá).

Comienza así la dialéctica de la conciencia desventurada, el desvelamiento de esta falsa apariencia de irreconcialización, moviéndose y sublimando esta antinomia. Por un lado, como autoconciencia o para el “nosotros” (el “nosotros” de la actividad consciente de Schelling) los dos mundos de lo mutable e inmutable son productos de la misma autoconciencia y, por tanto, están ya unificados, solo que en cuanto “productos inconscientes” de la conciencia (para sí, aún sin reflexión) los mundos se experimentan como hispostasias (como mundos en sí). Pero por otro,  lo mutable es un género que excluye lo inmutable, y viceversa, en tanto de esencialidades (o en tanto que no-accidentales). Esta irreconcilicación viene a significar la exterioridad de Dios respecto del hombre como de lo inmutable respecto de lo mutable: la relación de “contradicción” entre el hombre y Dios (lo que el Protestantismo tratará se salvar en los albores de la modernidad haciendo al Dios “humano” o Jesús evangelista).

Estas abstracciones se hacen más amenas cuando nos vamos al segundo “precedente” que se comentamos al inicio: a los escritos sobre la positividad de la religión cristiana (frente a la religiosidad griega).

El concepto de “positividad” es muy importante en Hegel porque marca la escisión interioriozada de la anterior figura del señor y el siervo. “Positividad” es aquello que carece de fundamento. Por ejemplo, cualquier tipo de certeza sensible o intución inmediata, es “positiva” en el sentido de carecer de mediación alguna. O dicho con otras palabras: “positividad” es aquello que tiene para la conciencia una realidad inmediata ya sea empírica o axiomática (el axioma es lo inmediato del entendimiento).

Pues bien, el cristianismo es una religión (o expresado en términos hegelianos) ha devenido una religión positiva, porque el cristiano ha perdido de vista la racionalidad (el camino o el método) de sus fundamentos, y así “experimenta” la vida religiosa como una inmediatez que no entiende, que escapa a su entendimiento. El cristianismo es una positividad porque el cristiano, en síntesis, no entiende su credo a pesar de ser él mismo su creador. De esta forma, este no entender lo que hace, no entender lo que piensa del cristiano, es la positividad interiorizada en la conciencia, porque la conciencia experimenta como extraño algo que ella mismo es su actora.

Si nos vamos al señor y al siervo, vemos que esta escisión al menos tomaba cuerpo en dos auto-conciencias haciéndolas al menos “transparentes”: el señor no entendía lo que hacía el siervo (pues no sabía del trabajo) ni el siervo lo que mandaba en señor (pues no era principio de voluntad), porque ambos autoconciencias estaban “realmente” divididas en dos individuos. Si nos vamos a los pitagóricos, vemos que señor y siervo se relacionaban como “contrarios”.

Pero ahora en el cristiano, en cambio, el señorío y la servidumbre está en “una sola” conciencia pero dividida en contrarios-contradictorios.

Pues bien, los tres modos de intentar unificar un contradictorio (lo cual es imposible) es lo que llevan a las tres figuras fracasadas del fervor, la mortificación y el ascetismo pero que, en su fracaso, desarrollarán la conciencia desventura desde el estoicismo hasta el idealismo moderno. Con el Idealismo moderno, efecto, se abre la vía de la unificación haciendo la conciencia la experiencia de que ella misma es mutable e inmutable. Tal es el principio de todo idealismo: “La razón es la certeza de la conciencia de ser toda la realidad” (Fenomenología del Espíritu, V. pág. 144. Roces 1949).

David Villodres

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